Te espero, en el lugar donde los sueños pueden dejar de serlo.
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jueves, 7 de junio de 2018

El origen del mal.



PRELUDIO.

La muerte está cerca. ¿La sientes? Está de camino y parece que ya llega. Puedo sentirla, puedo olerla. La bestia ha despertado de su sigiloso letargo.

Aquella sombra que hablaba en susurros mientras salía de un hondo agujero cavado en la húmeda tierra, dirigiéndose hacia la impenetrable oscuridad de la noche, escuchaba atenta, como si realmente estuviera prestando atención a la llegada de la parca. Como si realmente pudiera sentirla.
Se agachó en el suelo frente a una enorme caja que contempló durante segundos, cerciorándose de que todo estaba en orden en su interior. Tomó las manos de la joven y las cruzó sobre su pecho, con sumo cuidado, como si el cuerpo ya estuviera muerto.
Cerró sus párpados, cuyos ojos segundos antes aparecían desorbitados en sus cuencas y continuó con su tétrica función, depositando la caja en el hoyo, una vez cerrada a martillazos. Mientras que con una pala tiraba arena encima de la tierra recién cavada, seguía hablando en aquella voz fría de pesadilla, carente de emociones, plagada de locura.

Shhhh, ya llega. Pronto habrá culminado todo. Tendrías que verte, pareces una bella princesa, la princesa de la muerte. Tú la bella, y yo la bestia.







SOMBRAS EN LA NOCHE

Era de noche, pero no solo en el anochecer residía lo oscuro, pues la oscuridad también se alojaba en cualquier resquicio posible de allanar. Se encontraba en cada sombrío rincón, en cada etéreo sonido, en cada tétrico silencio, envolviéndolos en su manto de infinita opacidad.
También habitaba en las almas que descansaban eternamente en aquel siniestro lugar. Un lugar donde, a veces, el silencio de la muerte inundaba todo lo demás.
El paisaje nocturno que se cernía sobre el emplazamiento, no era demasiado alentador. La luz de la luna era inexistente y las estrellas parecían haber desaparecido en la inmensidad de su hogar, o tal vez quedaban cubiertas por la densa niebla que paseaba por el mundo aquella noche.
La oscuridad era tan lóbrega como las entrañas de un bosque en penumbra, tan sombría como una lucha sin luna y tan negra como el aura de un demonio. Tan tangible era, y tan opaca.
Aquel hombre llamado Fausto, conocido también como “El guardián de los muertos”, atraído irremediablemente por una resonancia inverosímil, abrió la puerta de la cabaña donde vivía desde hacía más de veinte años, con aquella expresión singular dibujada sobre su rostro extrañado, cuyas cejas aparecían arqueadas y prestando atención a cualquier sonido que le resultase desconocido.
El viento azotaba con la fuerza de un látigo allá donde osaba llegar y la música que producía en su incesante movimiento era casi ensordecedora; su brisa se colaba por cualquier resquicio que pudiera hallar, provocando aquel molesto chirrido. Soplaba en todas direcciones colándose también entre las ramas de los árboles, meciéndolas en aquel extraño e hipnótico baile. Las hojas caídas eran arrastradas por la brisa, la gran verja negra de la entrada se balanceaba, vibrante, y las flores depositadas sobre las tumbas oscilaban, frenéticas, al ritmo del viento huracanado.
Hacía demasiado frío y, a sabiendas de que había algo que le inquietaba, volvió sus pasos atrás como si nada le hubiera interrumpido. Pero de pronto lo oyó de nuevo y, temeroso, se acercó al cristal empañado por el frío. Era imposible ver nada, así que, con su propio hálito, deshizo el vaho ayudándose con la mano, intentando otear a través de aquel hueco recién creado, contemplando el oscuro paisaje que le rodeaba, escrutando a su alrededor y sabiendo que algo estaba fuera de lugar, algo que no encajaba en el esquema. Había algo extraño e inquietante flotando en el ambiente.
Abrió el ventanal, lo suficiente para asomar la cabeza y agudizó el oído, atento, adentrándose en los sonidos de la noche.
La música producida por aquellos elementos parecía un augurio, un mal presagio. Siguió prestando atención entre aquella tétrica melodía inarmónica, en aquella postura inmóvil, con la cabeza ladeada como si así pudiera escuchar mejor. Sabía que algo estaba mal pero desconocía de qué se trataba.
Era como escuchar una canción y sentir que una de sus notas se había infiltrado entre el resto, pues no formaba parte de la partitura. O como si un músico tocase su canción y una de sus notas estuviera desafinada. Eso era precisamente lo que él buscaba: aquella hilarante nota infiltrada en aquella melodía siniestra. Pero seguía sin encontrarla, sin poder aislarla del resto. Tal vez, debería esperar a que se produjera de nuevo. Así que desistió en su búsqueda infructuosa, cerró con fuerza el ventanal luchando contra la potencia del viento y dirigió sus pasos hacia el sillón donde momentos antes de su interrupción, se encontraba leyendo un grueso libro. Fue dejándose llevar por las palabras, sucumbiendo poco a poco ante la inminente llegada de Morfeo.
Pero, cuando menos lo esperaba, sintió un sonido muy cerca de él, tan cercano que parecía provenir de la misma estancia. Se sentía inquieto, observado. El grueso libro que descansaba abierto entre sus manos, se cerró con un golpe seco ante sus narices y sin ningún movimiento por su parte. Soltó el libro como si éste estuviera quemando y cayó al suelo con un fuerte golpe. Debido al impacto, se había levantado bruscamente, como si estuviera a punto de huir de allí. Pero no iba a hacerlo, aquel era su hogar, su territorio.
El fuego de la chimenea parpadeó, varias chispas brotaron de la leña en el aire, como si alguien hubiera soplado sobre las llamas, hasta que sin previo aviso se extinguió, dejándolo sumido en la más densa oscuridad. Era como si algo o alguien no tuviera intención de dejarle dormir. Como si intentase mantenerle despierto, alerta. Incluso su gato parecía estar nervioso ante algo que sentía gracias a sus sentidos desarrollados.
«Algo no anda bien», se repetía una y otra vez en su fuero interno.
Y, como si fuera una confirmación a su pensamiento, segundos después, el farol que pendía de la puerta de su cabaña, se apagó, dejándole más si cabe en medio de las tinieblas. A tientas, buscó el candelabro que tenía para aquellas ocasiones, se atavió con una gruesa chaqueta y se dispuso a salir, en compañía del felino y de una valentía inesperada.
De pronto, se encontró en el umbral de la puerta sin saber muy bien qué hacer o hacia dónde dirigir sus pasos. Anduvo en silencio y sigiloso, como si él mismo también fuera un felino, oteando todo lo que podía y agudizando sus sentidos al máximo. La densa niebla y el sonido del aire, le impedían realizar su objetivo, pero siguió andando en busca del misterio, a la caza de la nota no escrita.
Algo le azotó interiormente de pronto. La sensación de que alguien le estaba observando en la distancia, como observa y espera, paciente, el depredador a su próxima presa.
Las luces de los faroles que alumbraban el camposanto, parpadeaban de manera intermitente. Aquel panorama no le gustaba en absoluto. Hacía que su cuerpo padeciera escalofríos ante la tétrica visión que contemplaba.
Presintió que había algo tras de sí y se volteó con el pavor dominando su cuerpo. Pero no había nada, al menos nada que él pudiera ver. Siguió vagando sin rumbo fijo de un lugar a otro, como si fuera una perdida hoja de otoño que deambula mecida y dejándose transportar por el cambiante viento.
Un nuevo sonido arrastrado por la brisa llegó hasta sus oídos, era una especie de grito o de rugido que no parecía ser producido por un ser humano. Asustado, petrificado por el terror que inundó su cuerpo al escuchar semejante lamento gutural, quedó paralizado en el lugar sin saber si huir de allí, gritar o acudir al lugar de dónde provenía.
Un fuerte golpe en la cabeza seguido de la oscuridad le impidió decidir nada más.

Unos agónicos minutos después, abrió los ojos poco a poco, sintiéndose entumecido por el golpe. Aquel sonido infernal había cesado.
Sintió una gélida brisa recorriendo su cuerpo, humedeciéndolo en aquel anormal frío. Un frío glaciar que no sólo se encontraba helando cada parte de su cuerpo, sino que también estaba instalado en lo más hondo de él.
Un nuevo escalofrío le recorrió enteramente haciendo que su piel quedase erizada. Un muy leve sonido resultó perceptible para sus oídos: nuevamente aquella chirriante nota inhumana que parecía provenir del inframundo.
Aún en tensión, contempló la verja de entrada, a sabiendas de que estaba cerrada a cal y canto. No había nada. Miró hacia el lugar de donde creyó que provenía aquel inarmónico murmullo pero algo apareció de pronto en el campo de su visión y quedó helado, incrédulo y aterrado ante la aparición que sus ojos estaban contemplando: entre las tumbas parecía escapar el atisbo de una sombra, suave, etérea como un suspiro. Como si alguien quisiera abandonar el camposanto y se dispusiera a continuar con su camino.
Otro sonido se hizo eco en la noche, sumándose a aquella melodía desencadena: era el palpitar de un corazón desbocado ante el desconcierto y el miedo a lo desconocido. 


lunes, 4 de junio de 2018

El sonido de su risa II

¡Buenas tardes, soñadores! Quién haya leído la anterior entrada sabrá que deseo publicar algo muy especial para mí: parte de un proyecto que está siendo valorado. Hoy os dejo con la segunda parte de "El sonido de su risa" y pronto publicaré lo prometido. ¡Espero que os guste! Y esperaré conocer vuestras opiniones. ¡Nos leemos!





Qué diferente se ve todo cuando te encuentras al otro lado. Es todo tan irracional e inexistente como el movimiento del tiempo, que parece pausarse a veces.
Había salido un día precioso, el sol despuntaba desde lo alto y la sutil brisa del aire resultaba agradable mientras el sol bañaba mi piel.
Cerré los ojos y mi mente viajaba hacia ella reviviendo escenas donde los protagonistas eran: el calor de su sonrisa, la calidez del sol en su mirada y el sonido de su maravillosa risa que se convirtió en la partitura más bonita de mi vida.
Intentaba pensar en otras cosas, pero su imagen hacía intromisión en mi cabeza, destronando todo lo demás. Porque todos los caminos que osaba tomar, desembocaban en ella. 
Jamás en toda mi existencia había sentido aquella cálida sensación cada vez que la contemplaba.
Quería abrazarla, quería fundirme en su aroma, quería escuchar mi nombre modulado por sus labios. Pero entonces maldecía la vida, al igual que condenaba aquella fatídica noche, la última noche de mi vida humana. Daría lo imposible por echar el tiempo atrás y no morir aquella noche. Pero quizá ese era mi destino, la forma en que mi camino convergía inevitablemente en ella.
Estaba cometiendo la peor y más prohibida de las estupideces que alguien de mi naturaleza puede cometer, pues había una gran diferencia entre nosotros dos y, por mucho que yo la amara, con el paso del tiempo, no podría cambiar ese aspecto: su corazón latía, el mío hacía tiempo que dejó de hacerlo.
Aun siendo consciente de la gravedad de dicho inconveniente, llegué a la conclusión de que jamás había sentido nada así que despertase mi curiosidad y me avivara, como tampoco nada parecido, pues ella fue la única persona que, aun estando muerto, fue capaz de hacerme sentir vivo, de hacerme renacer.
¿Por qué no luchar? ¿Por qué no traspasar los límites y rozar con ella lo prohibido?
Mis días se convirtieron en una batalla interna, en una encrucijada mental de la que no podía salir ni encontrar ninguna puerta. El tiempo corría en mi contra y seguía atado al mismo laberinto, encadenado a él como si me amarrase una invisible aunque poderosa e irrompible cadena.
Entonces un impulso nació en mi interior, embistiéndome como un impetuoso huracán y haciendo tambalear mi ser rompiendo aquella cadena que me anudaba, al igual que destrozó todos mis esquemas. Una fuerza sobrenatural y superior respondió por mí: ¡lucha!
Y entonces decidí luchar por aquel ángel sin alas que me revivía en cada instante en que le miraba.

O lo que es igual, no puedo cumplir mi promesa, porque involuntariamente vuelvo a lugar donde se encuentra ella.
Todo se ve desde arriba: el mar en calma, el sol que brilla sobre su blanca piel en el paisaje de un atardecer. Esa joven andando con sus pies descalzos por la blanca arena. Ahora está tumbada con los ojos cerrados, sus más secretos sueños se esconden en el negro de sus párpados.
El paisaje es bello, está formado por el despejado cielo, el sol, las olas y ella. Parece llamarme su nombre que escrito está en la arena.
Nos imagino bajo el cielo infinito; su voz, la música en mis oídos; su aroma, mi narcótico más dulce y prohibido.
Por ello no puedo marcharme como si nunca hubiera existido.
Estoy aquí. Y he llegado para quedarme —le susurré al oído mientras, después, quedé perdido contemplando el mejor de los paisajes que jamás había conocido: ella.


viernes, 1 de junio de 2018

Estar de vuelta.

¡Buenos días, mundo!
Antes que nada pido disculpas por mi ausencia. No me gusta empezar un proyecto como un blog y tenerlo "abandonado"
Para quién no lo sepa, tengo una trilogía de la cuál los dos primeros libros ya están publicados con la editorial Círculo Rojo. Estoy terminando el tercer y último libro de la trilogía, y me lleva de cabeza. Además de eso, he empezado un nuevo proyecto que nada tiene que ver con estos libros. Su título provisional es: El origen del mal. Si hubiera suerte, es el primero de una serie. Mi idea es que cada tomo represente un caso diferente de temática policíaca, crimen y un toque paranormal. Aunque el género nada tiene que ver con la otra historia, mi estilo y prosa están ahí, son mi sello de identidad y eso es imposible de quitar. Ahora mismo está en manos de editoriales como Maeva y Grijalbo y será también valorado por Espasa. De ahí mi inversión de tiempo en terminarlo, ya que solo tienen los primeros capítulos y de interesarles debo enviarlo terminado. Pronto os mostraré la sinopsis y el prefacio y esperaré vuestras opiniones como lectores para saber si os gusta.

Por otro lado he creado una nueva página, la veréis arriba donde pone: tienda online. Si alguien quiere colaborar con esta autora novel e intento de escritora, tendrá descuento en los libros, sobre todo aquellos que sean seguidores del blog. Y por hoy, creo que eso es todo! En nada me tenéis por vuestros blogs leyéndoos. ¡Nos leemos!

sábado, 5 de mayo de 2018

Iniciativa seamos seguidores II

¡Hola, amigos ! Hoy publico nuevamente la entrada de la iniciativa debido a que la primera ha quedado llena de comentarios. Para los que no lo sepáis, la iniciativa se llama "Seamos seguidores", es una muy buena forma de conocer más blogs y apoyarnos entre nosotros. Consiste en seguir el blog y dejar el enlace del vuestro en un comentario en esta entrada y yo también os sigo. 
Después, (si queréis) ponéis esta imagen y explicación en una entrada en vuestro blog para que otros bloggers os sigan y vosotros los sigáis a los que os comenten. 

¡Así de fácil!


También os comento que, como veréis en una imagen en el lateral izquierdo, también participo en "Tu me comentas, yo te comento" es decir, siempre leo vuestros comentarios y comento en vuestros blogs. 

¿Os animáis? :) 






viernes, 27 de abril de 2018

El sonido de su risa


Aquel sonido, aquella risa… De pronto mi mundo perdió todo su equilibrio. 
Aquella música me atravesó como un puñal de acero, haciendo que oscilara a causa de su impacto. Era tal la colisión provocada, que no deseaba nada más que volver a sentirla, volver a percibir las notas que conformaban el sonido de su risa. Porque cada vez sonreía, su sonrisa provocaba la mía, como si fuera el reflejo de un espejo.
Toda ella me fascinaba: su voz, sus gestos, sus elegantes y ágiles movimientos. Era como el aire que respiraba, si me alejaba de ella podría morir en el intento de alejarme de lo que me mantenía vivo, cuerdo. Pero por más que intentara alejarme, había un sentir que se negaba a irse. Un solo segundo a su lado bastaría para soportar mi eternidad.
También tuve la bendición de poder contemplarla desde diversos ángulos posibles. Bajo la luz del sol, bajo el brillo de la luna. Y me di cuenta, al observarla, de que aquellos profundos ojos pardos tomaban una preciosa tonalidad amarilla cuando se encontraban bajo cierto ángulo mientras la luz del sol bañaba su rostro. De que se tocaba el pelo cuando se encontraba nerviosa o agitada. Y también me di cuenta de que, aquel hoyito que pasaba casi desapercibido en su barbilla, se acentuaba cada vez que sonreía.
«Dios mío… ¡Es tan bella!», pensaba cada vez que mis ojos se perdían entre aquella angelical belleza. Y entonces sentía de nuevo aquel miedo ante lo que estaba sintiendo. Nunca me había ocurrido eso, semejantes sensaciones manifestándose en mi interior como un torbellino que hacía vibrar cada rincón de mí y del cual me encontraba preso. Tambaleaba mi ser, desequilibrando mi mundo interno.
Decidí zambullirme en cada uno de los sentimientos que me causaba. Solo conocía un breve fulgor que escapaba por las rendijas de las puertas, donde escondía cada uno de mis secretos sentimientos. Abrí la puerta y, con miedo, me sumergí en ellos. Y lo que vi, me asustó por completo. Estar cerca de ella es como un cielo en mitad de las ruinas de mi propio infierno. Como agua en un desierto, como pan que anhela el hambriento, como la luna, tan visible y tan lejana, perdida en la infinidad del cielo.

Para explicarme mejor podría decir que hay momentos en la vida que lo cambian todo. Instantes capaces de hacer que en un solo segundo tu destino cambie radicalmente de rumbo haciendo que en tu brújula, el sur se convierta en norte. Ese instante nació ante mí, apareció ante mis ojos porque ella fue su detonante. Antes de su llegada, yo era como una veleta reposada en un lugar fijo, eterno. No había norte ni sur, pues no existía un solo sendero, pero llegó ella, y, de pronto, apareció un camino que cambió mi mundo y su sentido por completo.
Las agujas del reloj parecían avanzar de nuevo, al igual que los latidos en mi pecho.
Y entonces supe que tenía dos opciones: luchar con el objetivo de ganar, o huir y hacerlo para siempre.
Y en ese momento decidí huir. Pero no de allí, sino de mí misma, de mis sentimientos. Huir de mí para encontrarme, encerrar mis sentimientos bajo llave y esconderla en el más oscuro e inaccesible lugar donde jamás pudiera acceder nadie.


jueves, 22 de marzo de 2018

El poder de la mente


El poder de la mente

No deseaba pensarle y, cuando lo hacía, de un modo involuntario, me preguntaba por qué lo estaba haciendo.
No quería imaginar nada, no quería darle rienda suelta a mi imaginación y alimentarla, pero el control se me escapaba por momentos, huyendo de mis manos, resbalando como el agua entre mis dedos. Y mi mente volvía a quedar presa del desconsuelo mientras mi imaginación quedaba desbocada a los delirios, desenfrenada e incontrolable como un fuego en un paraje seco.
Y es irónico, porque si  de algo podemos tener el control es de nosotros mismos y de nuestros actos. Ahí es donde reside el poder de nuestra mente.
¿Crees en ese tipo de poder?
¿Será cierto que cuando crees en algo con mucha intensidad, sucede de verdad?
El poder del pensamiento, algo tan sencillo como complejo al mismo tiempo. Un poder que te permite ser capaz de recordar, de navegar en el tiempo, de imaginar, de congelar y revivir cada momento. De mezclar pasado, presente, futuro y la fantasía de lo incierto. Y entre todo ese caótico y maravilloso caos interno, están las diversas estancias de la mente. Suena a completa locura, ¿verdad? Pero si te detienes a pensarlo descubrirás que es cierto y que en ellas guardamos o escondemos nuestros más profundos secretos, aquellos que nos conforman, aquellos que se encargan de dar forma a nuestra esencia, a nuestra alma.
Entre ellas podemos encontrar la morada del dolor: una especie de disco duro interior donde guardaremos todo aquello que al recordar, nos hace daño.
La estancia del olvido o también conocida como la de la amnesia, donde permanecerán guardados nuestros pensamientos o recuerdos que preferimos olvidar o dejar de lado durante un período de tiempo.
La alcoba de la felicidad: donde residirán siempre nuestros más preciados, bonitos, inolvidables y maravillosos recuerdos y sueños.
Y quizá el aposento de la muerte: el lugar donde llevaremos a matar, hablando metafóricamente, todo aquello que al revivirlo, nos mata interiormente.
Y así sucesivamente, un espacio para cada sentimiento, pensamiento, recuerdo, temor o emoción que habitan en nuestro interior dándonos personalidad y forma. Y solo nosotros tenemos en nuestro poder la llave de cada puerta, la llave que nos conducirá a revivir cada reminiscencia.
Seguramente ahora mismo te estarás preguntando a cuento de qué viene todo esto. La explicación es remotamente sencilla: a pesar de tener esa llave imaginaria en mi poder, él y solo él, había tomado el control de mi universo paralelo, de mi mundo interno por completo. Sólo por momentos volvía a poseer el dominio de mí misma, de mis más secretos deseos. Intentaba ir almacenándolos en la estancia asignada para cada uno de ellos pero de pronto…
Me encontraba perdida en la profundidad de su mirada, no sólo porque el color de sus ojos me encantaba. Eran mi efecto café. Café que te quita el sueño, que produce desvaríos y desvelos. Nuestros cuerpos moviéndose al unísono como si fuéramos uno solo. Nuestras respiraciones acompasadas deslizándose al mismo tiempo. Su cabello resbalando suavemente entre mis dedos, sus ojos cerrados disfrutando de mi tacto, sus suspiros contenidos, aquellos labios donde habitaba el mismo cielo, su sonrisa, sus lunares, sus hoyuelos…
¿A que sabrán sus labios?
¿Cómo serán sus besos?
¿Cómo será su tacto?
¿A qué olerá su cuerpo?

Y allí estaba. Perdida entre aquellos pensamientos a los que solo yo tenía acceso.

lunes, 19 de febrero de 2018

El mundo de los sueños


No existe palabra exacta que pueda describir lo que siento, al igual que no existe escala que me permita situar en un punto concreto el nivel de mis sentimientos. 
Ojalá pudiera verse a través de mis ojos o leerse a través de mi mente. 
Me encantaría decirle que la adoro como es, con cada preciosa curva, cada hoyuelo, cada línea de su silueta, cada pequeño lunar que la conforma. 
Confesarle que no hay mejor música que la producida por su voz ni mejor melodía que el sonido de su risa. 
Decirle que no hay vista más bella que el pardo de sus ojos, que mi mejor refugio sería la guarida formada por sus brazos y que la cama donde hallar mejor descanso sería la de su pecho; que adoro el paisaje, único y precioso, que dibuja su cuerpo. Que daría lo imposible por trazar en su espalda el mapa de mis más secretos sueños.
Pero no puedo evitarlo y, como impulsado por un resorte magnético, al lugar donde se encuentra, me acerco, aprovecho la magia y la belleza que esconde la noche para contemplarla en su sueño haciendo que mi corazón cante en los adentros de mi pecho. 
Ahí está, en su lecho, con la calma que precede un bello sueño y con una pequeña sonrisa dibujada sobre su rostro y acentuando sus hoyuelos.
Existe un lugar secreto en el que nadie me puede separar de ti, en ese lugar te pertenezco, en mis pensamientos, en mis sueños. Los dos únicos mundos donde puedo amarte sin barreras ni ningún impedimento.
Es la hora. Ha llegado el momento que más anhelo cuando el día termina y la luna nos alumbra desde el cielo. Es el momento de los sueños. ¿Dónde quieres viajar? Yo puedo llevarte al fin del mundo, puedo conducirte hasta el lugar donde nacen y habitan las estrellas o al paraje más simple del planeta, si así lo deseas.
 Vamos a estar juntos mientras dure la noche en nuestro mundo secreto: en el mundo de los sueños. Un mundo donde puedo abrir los ojos y tenerte enfrente, fundirnos en un beso que haga que el planeta tiemble.
Si tardas en encontrarme, no te preocupes, es nuestro sueño y puedes construir el camino que desees. Deambula por el sendero marcado por tus pasos sin ir en busca de nada, simplemente camina fusionándote con el tiempo que de una manecilla a otra se traslada, mientras a su vez la vida de largo pasa y la noche y los sueños acaban.
De pronto, en medio del camino, una luz hallas.
No la buscabas pero llegó a ti, se llama felicidad y está esperándote en medio de la nada. Antes era como una estrella: luminosa, visible pero inalcanzable y tan lejana. Y ahora está frente a ti dispuesta a acunarte con sus alas si escoges el camino en que ella anda.
Lo sabes, tu corazón ha hablado y con latidos se ha expresado pronunciando un nombre. Ya casi estás llegando.

Yo estaré ahí, al final de ese camino, esperándote.


Quizá me encuentres sentado en un banco, con una rosa roja en la mano o, tal vez, sobre un lienzo dibujándote.